El traje nuevo del Emperador
Hans Christian
Andersen
Edades: 4 años en
adelante
Hace
muchos años vivía un emperador que era aficionado a los trajes y gastaba todo
su dinero en vestir las mejores prendas.
Era
tanto su amor por ellos que usaba uno distinto a cada hora del día y se
la pasaba más tiempo con los sastres que atendiendo las labores del pueblo.
Cierto
día se presentaron al palacio dos hombres que se hacían pasar por sastres
diciendo que eran capaces de tejer telas únicas y hermosas.
Que las telas no sólo eran bonitas, sino que además eran invisibles a las personas tontas o aquellas que no fuera aptas para su cargo .
Que las telas no sólo eran bonitas, sino que además eran invisibles a las personas tontas o aquellas que no fuera aptas para su cargo .
-¡Deben
ser vestidos magníficos! -pensó el Emperador-. Si los tuviese, podría averiguar
qué funcionarios del reino son ineptos para el cargo que ocupan.
Podría distinguir entre los inteligentes y los tontos.
Así que mandó abonar a los dos pícaros un buen adelanto para que pusieran manos a la obra cuanto antes.
Podría distinguir entre los inteligentes y los tontos.
Así que mandó abonar a los dos pícaros un buen adelanto para que pusieran manos a la obra cuanto antes.
Ellos
montaron un telar y simularon que trabajaban; pero no tenían nada en la
máquina. A pesar de ello, se hicieron suministrar las sedas más finas y el oro
de mejor calidad, y fingían estar tejiendo una tela maravillosa.
«Me
gustaría saber si avanzan con la tela»-, pensó el Emperador.
Pero había una cuestión que lo tenía un tanto preocupado, el saber, que un hombre que fuera inepto para su cargo no podría ver lo que estaban tejiendo.
No es que temiera por sí mismo; sobre este punto estaba tranquilo; pero, por si acaso, prefería enviar primero a otro, para cerciorarse de cómo andaban las cosas.
Pero había una cuestión que lo tenía un tanto preocupado, el saber, que un hombre que fuera inepto para su cargo no podría ver lo que estaban tejiendo.
No es que temiera por sí mismo; sobre este punto estaba tranquilo; pero, por si acaso, prefería enviar primero a otro, para cerciorarse de cómo andaban las cosas.
«Enviaré
a mi viejo ministro a que visite a los tejedores -pensó el Emperador-. Es un
hombre honrado y el más indicado para juzgarlo.
El
viejo y digno ministro se presentó, en la sala ocupada por los dos
embaucadores, los cuales seguían trabajando en los telares vacíos. «¡Dios nos
ampare! -pensó el ministro para sus adentros, abriendo unos ojos como naranjas-.
¡Pero si no veo nada!». Sin embargo, no soltó palabra.
Los tejedores
le rogaron que se acercara y le preguntaron si no encontraba magníficos el
color y el dibujo. Le señalaban el telar vacío, y el pobre hombre seguía con
los ojos desencajados, pero sin ver nada, puesto que nada había.
«¡Dios santo! -pensó-. ¿Seré tonto acaso? Jamás lo hubiera creído, y nadie tiene que saberlo. ¿Es posible que sea inútil para el cargo? No, desde luego no puedo decir que no he visto la tela».
«¡Dios santo! -pensó-. ¿Seré tonto acaso? Jamás lo hubiera creído, y nadie tiene que saberlo. ¿Es posible que sea inútil para el cargo? No, desde luego no puedo decir que no he visto la tela».
-¿No dice su excelencia nada del tejido? -preguntó uno de los tejedores.
-¡Oh,
precioso, maravilloso! -respondió el viejo ministro mirando a través de los
lentes-. ¡Qué dibujo y qué colores! Desde luego, diré al Emperador que me ha
gustado extraordinariamente.
-Nos da
una buena alegría -respondieron los dos tejedores, dándole los nombres de los
colores y describiéndole el raro dibujo. El viejo tuvo buen cuidado de quedarse
las explicaciones en la memoria para poder repetirlas al Emperador; y así lo
hizo.
Los
estafadores pidieron entonces más dinero, seda y oro, ya que lo necesitaban
para seguir tejiendo. Todo fue a parar a sus bolsillos, pues ni una hebra se
empleó en el telar, y ellos continuaron, como antes, trabajando en las máquinas
vacías.
Poco
después el Emperador envió a otro funcionario de su confianza a inspeccionar el
estado de la tela e informarse de si quedaría pronto lista. Al segundo le
ocurrió lo que al primero; miró y miró, pero como en el telar no había nada,
nada pudo ver.
-¿Verdad
que es una tela bonita? -preguntaron los dos tramposos, señalando y explicando
el precioso dibujo que no existía.
«Yo no
soy tonto -pensó el hombre-, y el empleo que tengo no lo suelto. Sería muy
fastidioso. Es preciso que nadie se dé cuenta». Y se deshizo en alabanzas de la
tela que no veía, y ponderó su entusiasmo por aquellos hermosos colores y aquel
soberbio dibujo.
-¡Es
digno de admiración! -dijo al Emperador.
Todos
los moradores de la capital hablaban de la magnífica tela, tanto, que el
Emperador quiso verla con sus propios ojos antes de que la sacasen del telar.
Seguido de una multitud se encamino a ver la tela.
-¿Verdad
que es admirable? -preguntaron los dos pillos-. Fíjese Vuestra Majestad en
estos colores y estos dibujos -y señalaban el telar vacío, creyendo que los
demás veían la tela.
«¡Cómo!
-pensó el Emperador-. ¡Yo no veo nada! ¡Esto es terrible! ¿Seré tan tonto?
¿Acaso no sirvo para emperador? Sería espantoso».
-¡Oh,
sí, es muy bonita! -dijo-. Me gusta, la apruebo-. Y con un gesto de agrado
miraba el telar vacío; no quería confesar que no veía nada.
Todos
los componentes de su séquito miraban y remiraban, pero ninguno sacaba nada en
limpio; no obstante, todo era exclamar, como el Emperador: -¡oh, qué bonito!-,
y le aconsejaron que estrenase los vestidos confeccionados con aquella tela en
la procesión que debía celebrarse próximamente.
-¡Es preciosa, elegantísima, estupenda!- corría de boca en boca, y todo el mundo parecía extasiado con ella.
-¡Es preciosa, elegantísima, estupenda!- corría de boca en boca, y todo el mundo parecía extasiado con ella.
El
Emperador concedió una condecoración a cada uno de los dos bribones para que se
las prendieran en el ojal, y los nombró tejedores imperiales.
Durante
toda la noche que precedió al día de la fiesta, los dos embaucadores estuvieron
levantados, con dieciséis lámparas encendidas, para que la gente viese que
trabajaban activamente en la confección de los nuevos vestidos del Soberano.
Simularon quitar la tela del telar, cortarla con grandes tijeras y coserla con
agujas sin hebra; finalmente, dijeron: -¡Por fin, el vestido está listo!
Llegó
el Emperador en compañía de sus caballeros principales, y los dos truhanes,
levantando los brazos como si sostuviesen algo, dijeron:
-Esto
son los pantalones. Ahí está la casaca. -Aquí tienen el manto… Las prendas son
ligeras como si fuesen de telaraña; uno creería no llevar nada sobre el cuerpo,
más precisamente esto es lo bueno de la tela.
-¡Sí!
-asintieron todos los cortesanos, a pesar de que no veían nada, pues nada
había.
-¿Quiere
dignarse Vuestra Majestad quitarse el traje que lleva -dijeron los dos
bribones- para que podamos vestirle el nuevo delante del espejo?
Se
quito el Emperador sus prendas, y los dos simularon ponerle las diversas piezas
del vestido nuevo,
-¡Dios,
y qué bien le sienta, le va estupendamente! -exclamaban todos-. ¡Vaya dibujo y
vaya colores! ¡Es un traje precioso!
-Muy
bien, estoy a punto -dijo el Emperador-. ¿Verdad que me sienta bien? – dijo mirándose
al espejo, para que todos creyeran que veía el vestido.
Los
ayudas de cámara encargados de sostener la cola bajaron las manos al suelo como
para levantarla, y avanzaron con ademán de sostener algo en el aire; por nada
del mundo hubieran confesado que no veían nada. Y de este modo echó a andar el
Emperador , mientras el gentío, desde la calle y las
ventanas, decía:
-¡Qué
preciosos son los vestidos nuevos del Emperador! ¡Qué magnífica cola! ¡Qué
hermoso es todo!
Nadie
permitía que los demás se diesen cuenta de que nada veía, para no ser tenido
por incapaz en su cargo o por estúpido. Ningún traje del Monarca había tenido
tanto éxito como aquél.
-¡Pero
si no lleva ropa el Rey ! -exclamó de pronto un niño.
-¡Dios
bendito, escuchen la voz de la inocencia! -dijo su padre; y todo el mundo se
fue repitiendo al oído lo que acababa de decir el pequeño.
-¡No
lleva nada; es un chiquillo el que dice que no lleva nada!
-¡Pero
si no lleva nada! -gritó, al fin, el pueblo entero.
Aquello
inquietó al Emperador, pues sabía que el pueblo tenía razón; mas pensó: «Hay
que aguantar hasta el fin». Y siguió más altivo que antes; y los ayudas de
cámara continuaron sosteniendo la inexistente cola.
Fin
Moraleja
Nos
enseña que la soberbia y la vanidad pueden hacernos pasar malos ratos, como al
emperador que por querer creerse mejor
que los demás término haciendo el ridículo ante todo su pueblo.