martes, 28 de febrero de 2017

Cuento "El Traje Nuevo del Emperador"



El traje nuevo del Emperador
Hans Christian Andersen
Edades: 4 años en adelante


Hace muchos años vivía un emperador que era aficionado a los trajes y gastaba todo su dinero en vestir las mejores prendas.

Era tanto su amor por ellos que usaba uno distinto a cada hora del día y se la pasaba más tiempo con los sastres que atendiendo las labores del pueblo.

Cierto día se presentaron al palacio dos hombres que se hacían pasar por sastres diciendo que eran capaces de tejer telas únicas y hermosas. 
Que las telas no sólo eran bonitas,  sino que además eran invisibles a las personas tontas o aquellas  que no fuera aptas para su cargo .

-¡Deben ser vestidos magníficos! -pensó el Emperador-. Si los tuviese, podría averiguar qué funcionarios del reino son ineptos para el cargo que ocupan.
 Podría distinguir entre los inteligentes y los tontos. 

Así que mandó abonar a los dos pícaros un buen adelanto para que pusieran manos a la obra cuanto antes.
Ellos montaron un telar y simularon que trabajaban; pero no tenían nada en la máquina. A pesar de ello, se hicieron suministrar las sedas más finas y el oro de mejor calidad, y fingían estar tejiendo una tela maravillosa.

 
«Me gustaría saber si avanzan con la tela»-, pensó el Emperador. 
Pero había una cuestión que lo tenía un tanto preocupado, el saber, que un hombre que fuera  inepto para su cargo no podría ver lo que estaban tejiendo.

 No es que temiera por sí mismo; sobre este punto estaba tranquilo; pero, por si acaso, prefería enviar primero a otro, para cerciorarse de cómo andaban las cosas. 

«Enviaré a mi viejo ministro a que visite a los tejedores -pensó el Emperador-. Es un hombre honrado y el más indicado para juzgarlo.

El viejo y digno ministro se presentó,  en la sala ocupada por los dos embaucadores, los cuales seguían trabajando en los telares vacíos. «¡Dios nos ampare! -pensó el ministro para sus adentros, abriendo unos ojos como naranjas-. ¡Pero si no veo nada!». Sin embargo, no soltó palabra.

Los tejedores le rogaron que se acercara y le preguntaron si no encontraba magníficos el color y el dibujo. Le señalaban el telar vacío, y el pobre hombre seguía con los ojos desencajados, pero sin ver nada, puesto que nada había.
 «¡Dios santo! -pensó-. ¿Seré tonto acaso? Jamás lo hubiera creído, y nadie tiene que saberlo. ¿Es posible que sea inútil para el cargo? No, desde luego no puedo decir que no he visto la tela».

-¿No dice su excelencia nada del tejido? -preguntó uno de los tejedores.
-¡Oh, precioso, maravilloso! -respondió el viejo ministro mirando a través de los lentes-. ¡Qué dibujo y qué colores! Desde luego, diré al Emperador que me ha gustado extraordinariamente.

-Nos da una buena alegría -respondieron los dos tejedores, dándole los nombres de los colores y describiéndole el raro dibujo. El viejo tuvo buen cuidado de quedarse las explicaciones en la memoria para poder repetirlas al Emperador; y así lo hizo.

Los estafadores pidieron entonces más dinero, seda y oro, ya que lo necesitaban para seguir tejiendo. Todo fue a parar a sus bolsillos, pues ni una hebra se empleó en el telar, y ellos continuaron, como antes, trabajando en las máquinas vacías.

Poco después el Emperador envió a otro funcionario de su confianza a inspeccionar el estado de la tela e informarse de si quedaría pronto lista. Al segundo le ocurrió lo que al primero; miró y miró, pero como en el telar no había nada, nada pudo ver.
-¿Verdad que es una tela bonita? -preguntaron los dos tramposos, señalando y explicando el precioso dibujo que no existía.

«Yo no soy tonto -pensó el hombre-, y el empleo que tengo no lo suelto. Sería muy fastidioso. Es preciso que nadie se dé cuenta». Y se deshizo en alabanzas de la tela que no veía, y ponderó su entusiasmo por aquellos hermosos colores y aquel soberbio dibujo.
-¡Es digno de admiración! -dijo al Emperador.
Todos los moradores de la capital hablaban de la magnífica tela, tanto, que el Emperador quiso verla con sus propios ojos antes de que la sacasen del telar. Seguido de una multitud se encamino a ver la tela.

 
-¿Verdad que es admirable? -preguntaron los dos pillos-. Fíjese Vuestra Majestad en estos colores y estos dibujos -y señalaban el telar vacío, creyendo que los demás veían la tela.

«¡Cómo! -pensó el Emperador-. ¡Yo no veo nada! ¡Esto es terrible! ¿Seré tan tonto? ¿Acaso no sirvo para emperador? Sería espantoso».

-¡Oh, sí, es muy bonita! -dijo-. Me gusta, la apruebo-. Y con un gesto de agrado miraba el telar vacío; no quería confesar que no veía nada.
Todos los componentes de su séquito miraban y remiraban, pero ninguno sacaba nada en limpio; no obstante, todo era exclamar, como el Emperador: -¡oh, qué bonito!-, y le aconsejaron que estrenase los vestidos confeccionados con aquella tela en la procesión que debía celebrarse próximamente. 

-¡Es preciosa, elegantísima, estupenda!- corría de boca en boca, y todo el mundo parecía extasiado con ella.

El Emperador concedió una condecoración a cada uno de los dos bribones para que se las prendieran en el ojal, y los nombró tejedores imperiales.

Durante toda la noche que precedió al día de la fiesta, los dos embaucadores estuvieron levantados, con dieciséis lámparas encendidas, para que la gente viese que trabajaban activamente en la confección de los nuevos vestidos del Soberano. Simularon quitar la tela del telar, cortarla con grandes tijeras y coserla con agujas sin hebra; finalmente, dijeron: -¡Por fin, el vestido está listo!

Llegó el Emperador en compañía de sus caballeros principales, y los dos truhanes, levantando los brazos como si sostuviesen algo, dijeron:
-Esto son los pantalones. Ahí está la casaca. -Aquí tienen el manto… Las prendas son ligeras como si fuesen de telaraña; uno creería no llevar nada sobre el cuerpo, más precisamente esto es lo bueno de la tela.
-¡Sí! -asintieron todos los cortesanos, a pesar de que no veían nada, pues nada había.
-¿Quiere dignarse Vuestra Majestad quitarse el traje que lleva -dijeron los dos bribones- para que podamos vestirle el nuevo delante del espejo?
Se quito el Emperador sus prendas, y los dos simularon ponerle las diversas piezas del vestido nuevo,
-¡Dios, y qué bien le sienta, le va estupendamente! -exclamaban todos-. ¡Vaya dibujo y vaya colores! ¡Es un traje precioso!

-Muy bien, estoy a punto -dijo el Emperador-. ¿Verdad que me sienta bien? – dijo mirándose al espejo, para que todos creyeran que veía el vestido.
Los ayudas de cámara encargados de sostener la cola bajaron las manos al suelo como para levantarla, y avanzaron con ademán de sostener algo en el aire; por nada del mundo hubieran confesado que no veían nada. Y de este modo echó a andar el Emperador , mientras el gentío, desde la calle y las ventanas, decía:
-¡Qué preciosos son los vestidos nuevos del Emperador! ¡Qué magnífica cola! ¡Qué hermoso es todo!

 
Nadie permitía que los demás se diesen cuenta de que nada veía, para no ser tenido por incapaz en su cargo o por estúpido. Ningún traje del Monarca había tenido tanto éxito como aquél.
-¡Pero si no lleva  ropa el Rey ! -exclamó de pronto un niño.
-¡Dios bendito, escuchen la voz de la inocencia! -dijo su padre; y todo el mundo se fue repitiendo al oído lo que acababa de decir el pequeño.
-¡No lleva nada; es un chiquillo el que dice que no lleva nada!
-¡Pero si no lleva nada! -gritó, al fin, el pueblo entero.
Aquello inquietó al Emperador, pues sabía que el pueblo tenía razón; mas pensó: «Hay que aguantar hasta el fin». Y siguió más altivo que antes; y los ayudas de cámara continuaron sosteniendo la inexistente cola.

Fin

Moraleja
Nos enseña que la soberbia y la vanidad pueden hacernos pasar malos ratos, como al emperador que por  querer creerse mejor que los demás término haciendo el ridículo ante todo su pueblo.

Cuento Jorge y el Dragón

JORGE Y EL DRAGÓN

Edades : 5 años en adelante
 

Hace mucho tiempo en una ciudad llamada Silca (en la provincia de Libia) los habitantes vivían atemorizados por la presencia de un horrible dragón.
Era muy feroz tenía un color verde olivo, grandes escamas y volaba por el reino, echando fuego y destruyendo casas y cosechas.

Los ganaderos del pueblo ya no sabían que hacer con él ya que en pocos días se comió los conejos en el desayuno, los cerdos en la comida y las ovejas en la cena y para colmo en la madrugada regreso por las vacas que encontró.

Así pasaron los días hasta que el dragón se comió a todos los animales del reino  así que como aún tenía hambre fue a la ciudad y les dijo que ahora se comería a las personas.
Que cada día debían mandarle un chico o chica para comérselo de lo contrario acabaría con toda la ciudad.

Todos estaban aterrados así que en la reunión acordaron que lo más justo sería hacer un sorteo para sacar al desafortunado que alimentaría al dragón.
Pero para sorpresa de todos la primera elegida fue la princesa Sabra, ella lloro desconsoladamente al igual que el Rey y aunque él quería salvarla sabía que debía cumplir lo acordado con el pueblo ya que tenía que dar el ejemplo a todos y ser valiente. 

La princesa se preparo para ir a la cueva del dragón, llorando amargamente.
Todos pedían que ocurriera un milagro y el dragón se hubiera desaparecido.
Al acercarse Sabra al lugar empezó el olor insoportable del dragón y este se asomo por la cueva enseñándole sus dientes y riendo mientras decía : ¡ Qué gran festín tendré!

 
Pero de repente se oyó un caballo galopando y un grito de un guerrero diciendo “No te comerás a la princesa, Tendrás que enfrentarte a mi dragón”.

Era un caballero que iba en su blanco corcel. 
El dragón se abalanzó sobre él y después de una larga lucha , el joven logró atravesarle su lanza justo en el corazón,  así que la bestia cayó al suelo fulminado.

 
De la sangre que salía de la herida del dragón, nació un rosal con rosas rojas.
 El caballero cortó una flor , se presentó y se la regaló a la princesa. Después la subió a su corcel  y la llevó de vuelta a su hogar.
Al llegar al castillo el Rey le preguntó al caballero su nombre y también que quería como recompensa por su acto de valentía.

El valiente chico le dijo que se llamaba Jorge y que deseaba casarse con la mujer más linda del reino. Así que el monarca le otorgó la mano de su hija Sabra.

Todos en el pueblo estaban felices  ya que además de que ya no tenían que vivir asustados por el dragón sabían que Jorge siempre los protegería en caso de que volviera algún peligro al reino.

Fin


Valores
Valentía; De la princesa al enfrentar su destino y de Jorge al arriesgarse y lucha contra el dragón.